diumenge, 29 de març del 2026

Una muerte agria y desconocida

En los puertos caían días de ceniza y cobalto, sucios, en el suelo, como chaquetas de suicida. De los pontones, subía la negra canción de los estibadores que invocan a los pulpos y a los cangrejos de la bahía. A los cangrejos carpinteros que arañan las viejas maderas del puerto y corren sesgadamente por las panzas de las barcazas. Los marineros los oyen desde dentro con un escalofrío de grieta zigzagueante y repentina. La muerte trabaja agrietando las almas y los nombres.

 [...] Hablaba Pablo de una muerte agria y desconocida para los hombres del llano. Y todos le escuchaban morbosamente con una extraña atención. En la tierra adentro la muerte es más clara: camina con blanca veste por las llanuras de cristal.

Alfanhuí veía la lanzadera ir y venir, dando puntadas, entre las manos del hombre. Y Pablo seguía diciendo algo de vez en cuando, despacio, como si hablara para sí solo. Tenía un fuego inquieto y oscuro, como de llamas azules. Había una paella de barro junto al fuego con un guiso espeso y marrón, de olor penetrante. Era un guiso de caracoles. Pablo comía caracoles siempre que los había. Los cogía, tras de la lluvia, en un viejo muro con enredaderas. Los caracoles bailoteaban en la cazuela al hervor de la salsa y chocaban unos contra otros.

Fuera, en la noche, sonó un silbido largo que venía del río. Pablo dejó su trabajo, se levantó y encendió un fanal cilíndrico y dorado. Luego salió al umbral de la puerta y desde allí, con el brazo extendido hacia el río, levantó el fanal en el aire por tres veces. Otro silbido le contestó desde la noche. Pablo volvió a entrar, colgó la luz junto al fuego y reemprendió su trabajo como antes:

-Eran los pescadores que andan ahora en la barca.

Había muchos pescadores en Moraleja, tres leguas río abajo. Tenían unas barcas primitivas en forma de rombo. Pecaban barbos, albures, anguilas. Había también pescadores de caña y se criaban tencas en las lagunas. Una lagunas pequeñas y verdes con fondo de algas, abrevaderos de ganado. Las había de crías al fin de la primavera y se llevaban a la laguna de engorde. Desde allí las pescaban en septiembre, todas de una vez y se vendían en los toldo y en los aguachos de las ferias. Las cortaban en tres y las guisaban con mucha sal para que llamaran vino.

También había en las noches de verano quien cogía ranas con un carburo.

 

Alfanhuí, Rafael Sánchez Ferlosio