dissabte, 6 de febrer de 2021

Todo va bien

Recuerdo sus ataques de risa. La miraba extrañada y un poco asustada, me parecía que se iba a ahogar en su propia risa. Mi padre solo agitaba la mano y se alejaba. Y eso provocaba una nueva avalancha de risa. Parecía que con esa risa perforaba por un momento alguna membrana interior. Hoy me parece que esos pliegues de risa, que se desplegaban rápidos e imparables, significaban la conquista de algún tipo de libertad, porque no conocía otro, un hondo respiro antes de su volver a su habitual forma anterior.

Tras parar, también de forma repentina, se secaba las lágrimas, aspiraba profundamente y con satisfacción, se atragantaba unas veces más esperando una nueva avalancha, estiraba la mandíbula tensa y luego, segura de haberse tranquilizado por completo, me abrazaba: todo va bien, no tengas miedo, el temporal de risa ya ha pasado.

Poco después de la muerte de mi padre nos encontramos con unos amigos de la familia en una corta excursión. Ella estaba de luto, llevaba una falda estrecha y ropa incómoda para pasear por el bosque. Durante un paseo tranquilo de repente y sin motivo alguno respiró profundamente, se levantó la falda y echó a correr. Corría ágil, ligera, sujetándose la falda como una niña, corría sorprendentemente rápido, con el cuerpo enderezado hacia delante como si en ese momento, solo un poco más, unos pasos más, fuera a perforar aquella membrana interior. Cuando se paró jadeante, hizo un ademán indefinido con la mano, como si se secara las lágrimas y como si a la vez se disculpara.

Creo que a partir de ese momento empezó a envejecer.


Dubravka Ugresic, El museo de la Rendición Incondicional.

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