dijous, 26 d’octubre de 2017

Un hombre con fe

Desde hace muchos años atrás yo había sabido que era necesario meter en la misma bolsa a los católicos, los freudianos, los marxistas y los patriotas. Quiero decir: a cualquiera que tuviese fe, no importa en qué cosa; a cualquiera que opine, sepa o actúe repitiendo pensamientos aprendidos o heredados. Un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre. La fe los obliga a la acción, a la injusticia, al mal; es bueno escucharlos asintiendo, medir en silencio cauteloso y cortés la intensidad de sus lepras y darles siempre la razón. Y la fe puede ser puesta y atizada en lo más desdeñable y subjetivo. En la turnante mujer amada, en un perro, en un equipo de fútbol, en un número de ruleta, en la vocación de toda una vida.
El leproso se exalta cuando tropieza, suda olores fosfóricos frente a la oposición más pequeña o sospechada, busca afirmarse –afirmar la fe– pisando cabezas o intimidades tiernas, sagradas. Para concluir, un hombre contaminado por cualquier clase de fe llega velozmente a confundirla consigo mismo; entonces es la vanidad la que ataca y se defiende. Con la ayuda de Dios, es mejor no encontrarlos en el camino; con la ayuda propia, es mejor cambiar de vereda.


Juan Carlos Onetti, Dejemos hablar al viento.

dilluns, 9 d’octubre de 2017

Control de capital




Un dels elements passa pel control del territori i, per tant, cal analitzar com es controla el port i l'aeroport, cosa que té a veure amb quants efectius tenim disposats a anar allà, però també perquè els Mossos deixin de ser policia judicial de la justícia espanyola. S'ha d'afinar molt per fer aquest control efectiu de manera gradual. No ho pots tenir tot el primer dia, però ho pots anar fent progressivament. Una paralització com la de dimecres ajuda a tenir clar que podem controlar coses. A banda, cal tenir en compte el control del capital i, com en determinats casos, a partir de la declaració d'independència com fem un control de capital i fluxos de capital a Catalunya, per garantir un mínim la capacitat de funcionar de la República.



Eulàlia Reguant, entrevista a Nació Digital.


divendres, 6 d’octubre de 2017

Que no nos traten de tontainas





Tanta por, tanta por, tanta por, i resulta que al final ens acaben dient que els bancs marxaran. Carme, tranquil·la, no en marxarà cap. M'enteneu? Us penseu que marxaran d'aquí? Clar que no marxaran! Clar que no marxaran! Es quedaran! Es quedaran! Que no són tots aquests ni les filles de la caritat ni les germanetes dels pobres. Ho fan per interessos, no us preocupeu, que ja no ens els creiem, que ja som una mica grandets.

Ya somos mayorcitos, que no nos traten de tontainas, porque no lo somos. Ya sabemos que los bancos se van a pelear para estar en Cataluña. Algú es pensa que aquesta gent marxarà, oi que no? I els que estan aquí a Catalunya, que tenen el seu principal mercat a Catalunya, els dos, tant CaixaBank com el Sabadell, vostès creuen que marxaran de Catalunya? Renunciaran al seu mercat principal? Escolteu, és evident que els bancs es barallaran per estar a Catalunya; no marxaran, no: es barallaran per ser-hi.


Artur Mas, president de la Generalitat, any 2015.

(CaixaBank, Banc Sabadell i altres entitats financeres van aprovar entre el 5 i 6 d'octubre del 2017 que traslladaven la seva seu social fora de Catalunya).

dissabte, 30 de setembre de 2017

The freedom to doubt

This freedom to doubt is an important matter in the sciences and, I believe, in other fields. It was born of a struggle. It was a struggle to be permitted to doubt, to be unsure. And I do not want us to forget the importance of the struggle and, by default, to let the thing fall away. I feel a responsibility as a scientist who knows the great value of a satisfactory philosophy of ignorance, and the progress made possible by such a philosophy, progress which is the fruit of freedom of thought. I feel a responsibility to proclaim the value of this freedom and to teach that doubt is not to be feared, but that it is, to be welcomed as the possibility of a new potential for human beings. If you know that you are not sure, you have a chance to improve the situation. I want to demand this freedom for future generations.


Richard Feynman, The meaning of it all.

dimarts, 26 de setembre de 2017

Todo se ha perdido




Todo se ha perdido, incluso el honor. Con este retoque de una frase histórica, podría resumirse el desastroso final del primer ensayo autonomista realizado en Cataluña. Las Cortes de la República acaban de rematarlo: el Estatuto quedó suspenso sine die. Y son muchísimos los catalanes que, en su inmenso estupor, andan ahora preocupados en descubrir la causa esencial, la más profunda, de tamaña catástrofe. 
Unos, tal vez la mayoría, aun no aciertan a explicársela. Otros la atribuyen a determinadas personas, exclusivamente. Estos creen que los culpables son sus enemigos políticos. Los de más allá opinan que hubo mala suerte, como en una partida de naipes. Y son muy numerosos los que creen en brujas, es decir, los que hablan de misterios, traiciones y dobles fondos. No diré yo que todos esos pareceres, incluso los más fantásticos, no tengan su punto de razón. Se irán sabiendo algunas cosas extraordinarias y es posible que algún día se aclaren otras sensacionales. En un desatino tan formidable como el del 6 de octubre, hay campo para todo. Pero el conjunto de esas opiniones, de esos vagos rumores y esas crónicas subterráneas, revela nada más, a mi juicio, que continúa, perdida en lo secundario, la fatal desorientación de nuestra conciencia pública, y que en Cataluña todavía no hemos sabido remontarnos por encima de nuestro tremendo infortunio, para dominarlo en su plenitud y aprender en su amarga enseñanza. Por esto yo voy a procurar hacerlo solitariamente –como siempre–, y gritar desde aquí a todos mis compatriotas: «¡Alerta, catalanes! No os dejéis llevar de los personalismos v los partidismos, tan tentadores y fáciles porque a cada uno de nosotros nos lo explican todo, sin acusarnos de nada. Desconfiad de las explicaciones tenebrosas y melodramáticas. La culpa capital, la causa suprema de nuestra desventura, se debe a nosotros, a los catalanes todos, a Cataluña en peso, y muy en especial a sus partidos políticos más representativos. ¡Esta es la única explicación satisfactoria y profunda! ¡Esta es la pura verdad!».

O la implantación de un régimen autonómico en España era una tontería política, una empresa descabellada, sin pies ni cabeza, o era una cosa seria, nueva, y, por lo tanto, ardua, difícil. Si era una bellaquería, no hablemos más de ella: fracasó, y basta. Pero si era algo considerable –y eso parece ser, desde el momento en que, a pesar del contratiempo sufrido, toda Cataluña y toda España continúan pendientes del problema autonómico–, entonces la más elemental de las previsiones aconsejaba una unanimidad perfecta, un tacto exquisito y una prudencia infinita en los encargados de efectuar el ensayo, siquiera hasta el momento en que viesen plenamente establecida y consolidada su obra. El proyecto de llevar a cabo nada menos que la trasmutación del sentimiento político, en un viejo país como España; el intento de cambiar un armazón estatal y una conciencia colectiva, tradicional y secularmente centralista, en un nuevo, delicado y complejo organismo de sensibilidad autonómica; la pretensión de sacar lo que nuestros mejores maestros llamaron una «patria nueva», una «España nueva», de las ruinas de la España vieja: todo esto era algo tan formidable, tan temible, tan ambicioso humanamente hablando, tan desmesurado en comparación de las fuerzas normales de los pueblos, incluso de los mejor dotados, que todos los catalanes, en masa, al ver que por una extraña e inmerecida suerte el destino nos deparaba la ocasión única de emprender una empresa política de tal envergadura, debíamos haber caído de rodillas, para rogar a Dios nos infundiera el colosal aliento y las luces indispensables para realizarla. Poquísimos pueblos en el mundo se habrán encontrado en circunstancias tan favorables, o habrán tenido una coyuntura tan propicia, para convertir en realidades sus ensueños políticos, como las de que gozó Cataluña, inesperadamente, en el seno de la hermandad hispánica, tras el cambio de régimen y la concesión del Estatuto autonómico. Administrando poco a poco, con tiento y lucidez, esos dos regalos del destino, en pocos años Cataluña se habría convertido, no ya en el amo, que eso, además de feo, era peligrosísimo, sino en el ídolo de España, en el centro de su renovación política, en el espejo de su conducta pública y en el foco de su admiración popular.
Mas para eso se necesitaban dos cosas: primera, que los catalanes todos, sin distinción alguna, compenetrados en un bloque, arrimásemos ardorosamente el hombro a la gran empresa común; y segunda, que desde el primer momento buscásemos con verdadero empeño, con amoroso proselitismo, el mayor número posible de colaboraciones en el resto de España. Y no hicimos ni una cosa ni otra, sino todo lo contrario. Eso de transformar a España en otra España, no era cosa de broma. Lo advertía yo en estas columnas, y clarísimarnente, el 8 de junio pasado. Se me permitirá que me cite a mí mismo, porque es el único consuelo de los que predicaron en desierto. La enorme dificultad de transformar a España —decía yo entonces— «es la razón, la irrefutable razón por la cual a mí, que tuve la suerte o la desgracia de nacer en Cataluña, me desazona infinitamente la terrible discordia que desde 1931 impera entre los catalanes. La encuentro tan estúpida, que no la entiendo. La fortuna, más que nuestros propios méritos, nos ha deparado una coyuntura única, históricamente rarísima, para recobrarnos y fortalecernos. Y la estamos empleando en dividirnos. Pasarán ahora cincuenta años, tal vez más, durante los cuales la pugna entre las dos concepciones peninsulares, la nuestra y la ajena, será más fuerte, más difícil que nunca: será, probablemente, decisiva. Castilla, con su indestructible espíritu y la inmensa ventaja del número, de las posiciones ocupadas y la influencia adquirida, procurará –y obrará perfectísimamente— hacer triunfar su inalterable sentir. Y no hay ninguna seguridad de que los catalanes. —en «handicap» notorio, como dicen los deportistas—, ni aun férreamente unidos todos, unánimes, podamos contrarrestar la concepción adversa y hacer que vaya extendiéndose y afirmándose la nuestra por tierras de España. ¿Qué será, pues, de nosotros, si empezamos por destrozarnos fratricidamente?». 
Ahora lo estamos viendo. Cataluña ha pasado de la cabeza a la cola, del primero al último lugar de España. Y esto ha ocurrido, pura y simplemente, porque los catalanes no hemos sabido ni siquiera entendernos entre nosotros mismos. ¿Cómo, pues, podía ser que nos entendiesen y acompañasen los restantes españoles? Y si España no podía entendernos, ya que la misma Cataluña era una olla de grillos, ¿cómo iba Cataluña a trasformar a España? ¿De dónde saldría la «España nueva» que soñábamos? ¡Claro está! En vez de Cataluña informando una España nueva, al despertar de la estúpida pesadilla nos encontramos con que es lo más viejo de España, lo que está otra vez intentando dar su forma a la Cataluña nueva. Justo castigo a nuestra espantosa imbecilidad, a nuestra abominable discordia. Hay, a estas horas, en la situación de nuestros dos principales partidos políticos, un aleccionamiento insuperable. El uno y el otro aparecen en esa cruda y sarcástica postura que ofrecen las cosas de los hombres cuando, por imprevisión o ceguera, chocan duramente contra la realidad. El partido, o conjunción de partidos, que representaba la masa mayoritaria de Cataluña, embriagado con su propia fuerza, estuvo desoyendo y despreciando durante meses y años las más claras señales, los más cuerdos avisos. Nadie le disparó: fue él mismo quien se iba acercando velozmente, sordo y ciego, al gran despeñadero. La prudente y habilísima conducta del Gobierno Samper –a quien se hará justicia con el tiempo– consistió por entero en no querer entrar en colisión con esa vertiginosa locura suicida que gobernaba en Cataluña, y en negarse a agredirla, limitándose a esquivar sus furiosas e insensatas embestidas, dejando que ella misma, ella sola, se precipitase al abismo. Y así acabó, como todos sabemos. Pero el otro partido, que, obrando también partidistamente, no tuvo durante mucho tiempo más obsesión que la de descartar a su rival, fuese como fuese, aunque se estrellara, en la creencia de que habría de heredar su túnica y repartirse sus despojos, una vez ocurrida la catástrofe tan anhelada se ha encontrado con que... no señor: los despojos se los quedan y reparten unos avispados vecinos. No hay en la historia política de la España contemporánea una burla más cruel, un desencanto mayor ni un tan elocuente e instructivo fiasco, como los que acaban de experimentar los dos grandes partidos de Cataluña. Estuvieron a matar por el gobierno del país. Y cuando, efectivamente, uno de ellos sucumbe, el gobierno no se lo queda ni el muerto ni el vivo. El gobierno se lo apropia, descartándoles a ambos, un tercero que se aprovecha de la debilidad de los dos.
Nos ha faltado grandeza de alma y altura de visión a los catalanes todos. Aquella maldita —maldita, porque es, ¡ay!, innegable— avara povertá,  que nos echó ya en cara el Dante, ha seguido actuando en nuestro seno, a siete siglos de distancia. La historia puso en nuestras manos un gran momento, como un bloque de mármol para labrarnos una estatua, y lo hemos pulverizado miserablemente. La suerte nos deparó una ocasión única para demostrar nuestra capacidad colectiva, nuestra unanimidad racial, y la hemos empleado en ofrecer al mundo el modelo de la más asquerosa y fratricida discordia. Teníamos una coyuntura insuperable para hacernos amar de España entera, para atraernos las simpatías y ganarnos la colaboración de infinidad de hermanos nuestros, empleándonos a fondo en una obra de elevación y engrandecimiento nacional, en el levantamiento de una «España nueva»; y hemos acabado ahuyentando a todos nuestros amigos no catalanes, haciéndoles avergonzar y arrepentir de serlo, causándoles incluso trsmendas heridas, y teniendo nosotros que pasar, a los ojos de la mayoría de los peninsulares, por torpes y ridículos separatistas. 
No busquemos, pues, ninguna explicación absurda a nuestro infortunio, ya que la única y principal es muy clara. Los culpables de cuanto le ocurre a Cataluña somos los catalanes. Los partidos que nos representaron, y nosotros que les indujimos a que lo hicieran tan mal. Y esto es todo. Si sirve de lección para el futuro, venga el dolor y su enseñanza. No lo rehusemos. Al contrario, aneguémonos en él, pues nada fortalece tanto como la amargura de la adversidad lúcidamente destilada hasta el fondo de sus propias entrañas. Un día saldremos de este negro pozo en que caímos. Pero que, en adelante, nos sirva esta clara lección: sólo podremos triunfar en España yendo todos los catalanes fuertemente unidos, como una irrompible falange, y además sólidamente abrazados con el mayor número posible de españoles hermanos.


Agustí Calvet,  Gaziel. La clara lección, La Vanguardia. Sobre la fallida proclamació de la República Catalana del 1934.

dimarts, 29 d’agost de 2017

The centre cannot hold



Turning and turning in the widening gyre
The falcon cannot hear the falconer;
Things fall apart; the centre cannot hold;
Mere anarchy is loosed upon the world,
The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere
The ceremony of innocence is drowned;
The best lack all conviction, while the worst
Are full of passionate intensity.
Surely some revelation is at hand;
Surely the Second Coming is at hand.
The Second Coming! Hardly are those words out
When a vast image out of Spiritus Mundi
Troubles my sight: a waste of desert sand;
A shape with lion body and the head of a man,
A gaze blank and pitiless as the sun,
Is moving its slow thighs, while all about it
Wind shadows of the indignant desert birds.
The darkness drops again but now I know
That twenty centuries of stony sleep
Were vexed to nightmare by a rocking cradle,
And what rough beast, its hour come round at last,
Slouches towards Bethlehem to be born?


William Butler Yeats, The Second Coming.

diumenge, 6 d’agost de 2017

When all the world came back



You tossed a blanket from the bed, 
You lay upon your back, and waited; 
You dozed, and watched the night revealing 
The thousand sordid images 
Of which your soul was constituted; 
They flickered against the ceiling. 
And when all the world came back 
And the light crept up between the shutters 
And you heard the sparrows in the gutters, 
You had such a vision of the street 
As the street hardly understands; 
Sitting along the bed’s edge, where 
You curled the papers from your hair, 
Or clasped the yellow soles of feet 
In the palms of both soiled hands.

T. S. Eliot, Preludes.


[Traducció de Marc Masdeu:

Vas estirar una manta del llit,
et vas ajeure d'esquena i vas esperar;
et vas mig adormir, i vas mirar la nit revelant
les mil imatges sòrdides
de què estava construïda la teva ànima;
parpellejaven contra el sostre.
I quan el món sencer va tornar
i la llum s'esllavissava entre els finestrons
i vas escoltar els pardals als canalons,
vas tenir una visió del carrer
com si el carrer a penes comprengués;
asseguda a la punta del llit, on
vas rinxolar els papers del teu cabell,
o vas prémer les plantes grogues dels peus
als palmells de les mans brutes.]


(Author of the picture: Richard Tuschman)

diumenge, 23 de juliol de 2017

Hasta que lo sabe el mundo



Había veintidós muertos abandonados. Algunas mujeres y algunos niños habían vuelto a sus chozas con las manos y las ropas manchadas de sangre. Era la sangre de la misma colina herida. Hasta las primeras horas de la tarde –ya la cuerda de presos reptando por la carretera de Medina Sidonia–, nadie habló, nadie salió de sus casas. Todo el mundo cerró los ojos y se tapó los oídos. ¿Qué nuevas ignominias tendrían que ver u oír todavía? A las cuatro de la tarde llegaron el juez y el forense. Oigamos a este último:
«Requerido por el juez, fui y levanté primero el cadáver de un hombre como de unos cuarenta años, que estaba en un cercado, con un balazo, al parecer, en la cabeza; a su lado no había armas, estaba dentro y fuera del cercado. De allí pasamos a la corraleta del Seisdedos. Había un gran montón de cadáveres, un verdadero río de sangre. Separado de un grupo de otros nueve o diez estaba el cadáver de Manuela Lago, que aún tenía ardiendo las ropas por el vientre, y se ordenó que fueran apagadas. Eran las tres y media o las cuatro de la tarde, como máximum. En el interior de la choza de Seisdedos, que aún ardía, se veía un montón de escombros y un montón de huesos humanos.

dimecres, 5 de juliol de 2017

Un cansament de colors



Ens veiem
perquè som els altres que ens miren.
Invertit l'espill,

sempre anem rere
un cansament de colors.
Al davant, però, no hi tenim la vida
sinó el passadís i la sala
dels experiments repetits. Assajos, tubs, i tot en vidre
comprovat. Ulls que miren
perquè observen els fenòmens
algú anota el resultat, no nosaltres.
En comptes de realitats,
xifres i
signes d'admiració si molt convé. L'endemà, però, records,
instruments, comandes, substitucions.


Màrius Sampere, Ens veiem. Dèmens.

dilluns, 26 de juny de 2017

La filosofía



–Miguel Lupiáñez: En Cataluña las prioridades son otras, la sociedad se mueve por espíritus de construcción, de avanzar, de esfuerzo, responsabilidad, compromiso. No es que en el resto del mundo no exista, pero aquí los parámetros son básicamente estos: responsabilidad, compromiso, avanzar, premiar el esfuerzo.

–Periodista: Y en el resto de España, usted cree que no.

–M. L.: No, estoy diciendo todo lo contrario [sic.]. Se viven estos impulsos, estos sentimientos, estos valores, se miden y se viven de otras maneras. Mis padres me trajeron aquí con 8 años porque donde vivían no podían vivir, no podían alimentarme.

–P: Entonces usted está por la labor de que la sociedad catalana tenga derecho a decidir hasta dónde llega España y la sociedad española tenga que admitirlo porque eso es lo democrático.

–M. L.: El derecho de hablar, el derecho de poner las urnas, el derecho de manifestarse, el derecho de opinión yo creo que hay que llevarlo al límite de que sea así, a llevarlo al límite para que los políticos o las políticas que se hagan, sean en función del servir a la gente y por la cual muchos nos hemos acercado a la política Eso es así. Yo también como persona tengo enfrentamientos con amigos, con familia, en relación al por qué el resto de España no puede opinar sobre el tema. Yo entiendo que el resto de España no debe opinar sobre el tema por una razón: porque afecta básicamente al sentir, a esta desafección, a este querer administrarse de otra manera que tenemos los catalanes. Como ha pasado en otros países del mundo, como ha pasado en Canadá o en el Reino Unido.

–P: Usted ha titubeado cuando ha dicho que son diferentes.

–M. L.: Me preocupa muchísimo que se caiga en la demagogia de que los catalanes son diferentes. Aquí se vive de otra manera, y no es ni peor ni mejor. Aquí tenemos nivel de vida, y posiblemente en La Rioja, y posiblemente en Madrid y posiblemente en el País Vasco tengan nivel de vida. Pero hay otras zonas en las que la calidad de vida es extraordinaria, y posiblemente aquí en Cataluña, por esta responsabilidad, por este compromiso, por este querer avanzar, luchar, se vive de otra manera. Pero igual ocurre en Dinamarca con respecto al Magreb. Son actitudes diferentes frente a la vida.

–P: ¿Está usted diciendo que Cataluña es a España lo que Dinamarca es al Magreb?

–M. L.: No, eso lo están diciendo ustedes. No quiero hacer la comparación Dinamarca-Magreb [sic.]. En todas las partes del Ecuador para arriba... Lo hemos visto muchas veces, la zona de Francia es mucho más desarrollada al nivel de eh eh... La calidad de vida en el Norte es la que es, en cambio el nivel de vida, cómo se desenvuelve la gente socialmente, la luz, la calidad de vida, las relaciones humanas entre vecinos es mucho más dinámica, más próxima en el Sur que en el Norte. No estoy diciendo que aquí trabajamos más, de que aquí no roban; esto no lo estoy diciendo, porque tampoco lo considero justo. Estoy diciendo la manera de vivir, la manera de afrontar la vida, la filosofía, las relaciones humanas; ese contexto filosófico de relaciones que mejoran en unos puntos respecto a otros. Y andaluz soy, de nacimiento.


Entrevista a Miguel Lupiáñez, alcalde de Blanes, en Onda Cero.