Golden Iceberg: Volcano, by Roman Bondarchuk
Silver Iceberg: Pataal Lok, by Shudip Sarma.
Bronze Iceberg: Inherent Vice, Paul Thomas Anderson.
+.+.+
Ty - Kosmos, by Pavlo Ostrikov.
Històries i idees dites i escrites. Web de Cristian Segura.
Golden Iceberg: Volcano, by Roman Bondarchuk
Silver Iceberg: Pataal Lok, by Shudip Sarma.
Bronze Iceberg: Inherent Vice, Paul Thomas Anderson.
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Ty - Kosmos, by Pavlo Ostrikov.
Veamos
ahora una imagen usual en esos años. Se estaba celebrando en la región
de Moscú una conferencia distrital del partido. La moderaba el nuevo
secretario del Comité Regional en sustitución del que habían encarcelado
recientemente. Al final de la conferencia se adoptó una resolución de
fidelidad al camarada Stalin. Naturalmente, todos se pusieron de pie
(como se ponían de pie, de un salto, cada vez que se mencionaba su
nombre en el curso de la conferencia). La pequeña sala prorrumpió en
«tumultuosos aplausos que desembocaron en una ovación». Tres minutos,
cuatro minutos, cinco minutos, y continuaban siendo tumultuosos y
desembocando en ovación. Pero las palmas de las manos dolían ya. Se
entumecían los brazos levantados. Los hombres maduros iban quedándose
sin aliento. Se trataba de una estupidez insoportable incluso para los
que adoraban sinceramente a Stalin. Pero ¿quién sería el primero que se
atrevería a parar? Habría podido hacerlo el secretario del Comité
Regional, que estaba en la tribuna y que acababa de dar lectura a la
resolución. Pero él era reciente en el puesto y estaba en lugar del
encarcelado, ¡él tenía miedo! ¡En la sala había miembros del NKVD
aplaudiendo de pie y controlando quién paraba primero! ¡Y en aquella
pequeña sala perdida, sin que llegaran al líder, los aplausos hacía seis
minutos que duraban! ¡Siete minutos! ¡Ocho minutos! ¡Estaban perdidos!
¡Eran hombres muertos! ¡Ya no podían parar hasta que les diera un ataque
cardíaco! En el fondo de la sala, por lo menos, entre las apreturas, se
podía hacer trampa, se podía batir palmas más espaciadamente, con menos
fuerza, con menos vehemencia, ¡pero en la presidencia, a la vista de
todo el mundo! El director de la fábrica de papel del lugar, un hombre
fuerte e independiente, de pie en la presidencia, era consciente de la
falsedad de aquella situación sin salida, ¡y sin embargo aplaudía! ¡Ya
iban nueve minutos! ¡Diez! Miró con desesperanza al secretario del
Comité Regional, pero este no se atrevía a parar. ¡Una locura! ¡Una
locura colectiva! Mirándose unos a otros con un atisbo de esperanza,
pero fingiendo éxtasis en sus caras, los jefes del distrito aplaudirían
hasta desplomarse, ¡hasta que los sacaran en camilla! ¡E incluso
entonces, los que quedaran no vacilarían! Y en el minuto once, el
director de la fábrica de papel adoptó un aire diligente y se dejó caer
en su asiento de la presidencia. ¡Y se produjo el milagro!, ¿adónde
había ido a parar aquel entusiasmo incontenible e inenarrable? Todos
dejaron de aplaudir a la vez y se sentaron. ¡Estaban salvados! ¡La
ardilla se las había ingeniado para salir de la rueda!
Sin
embargo, así es como se ponen en evidencia los hombres independientes.
De esta manera los eliminan. Aquella misma noche el director de la
fábrica fue arrestado. Le cargaron fácilmente diez años por otro motivo.
Pero después de firmar el 206 (el acta final del sumario), el juez de
instrucción le recordó:
—¡Y nunca sea el primero en dejar de aplaudir!
Archipiélago Gulag I, Alexandr Solzhenitsyn.
En general no soy amante de los buenos olores. Ahora mismo no logro recordar un olor perfumado de alguna mujer. No me gustan esos olores. O no me interesan. En cambio, jamás se me olvida el olor a mierda fresca de un muchacho mordido por los tiburones en el golfo de México. Era pescador de atunes. Iba haciendo su faena en la popa del barco,sacando uno a uno los espléndidos peces plateados. Cayó al agua. Tres tiburones enormes nadaban con la mancha de bonitos. De dos mordiscos le destrozaron las tripas y le arrancaron una pierna. Lo izamos muy rápido, aún con vida, y con los ojos desorbitados de espanto porque todo sucedió en menos de un minuto. Y murió enseguida, desangrado, sin poder hablar y sin comprender qué le había sucedido. Durante meses fuimos compañeros en aquella popa, pero no puedo recordar su cara ni su nombre. Sólo recuerdo nítidamente la peste a mierda de aquel muchacho, con el abdomen desgarrado y las tripas botando excrementos sobre la cubierta del barco.
Hay otros olores terribles en mi vida, pero no quiero hablar más de eso. Ya está bien.
Pedro Juan Gutiérrez, Trilogía sucia de La Habana.
El 20 de septiembre recibimos una llamada de la oficina militar. Nos convocaron para la mañana siguiente. Para que recogiéramos a Liosha. Dijeron que lo traían.
Pasé la noche en vela. Su madre y yo preparamos la mesa. Cuando tendí la cama me eché a llorar. Pensé: «¡Por fin, Dios mío!». ¿Sabe qué pensé también? Que era una suerte que hubiera pasado tan poco tiempo en la guerra, porque así había hecho poco mal. Mi padre fue veterano de la guerra de Afganistán, un «afgano». Y toda mi infancia transcurrió entre sus borracheras. En cuanto se embriagaba, se ponía como loco. Veía fantasmas por todas partes. Y cada noche mataba a gente o sentía que lo mataban a él.
De modo que pensé que era una suerte que a Liosha no lo aguardara algo así. ¿Qué podía haber visto en los tres días de guerra que había conocido?
Eso es lo que yo creía.
Trajeron a cuatro hombres, todos de nuestra región. Lo vi enseguida, antes de que bajara del autobús. Venía sentado con la cara pegada al cristal. No nos miraba. Lo recibimos con flores. Nos lo llevamos a casa. Estaba muy delgado. Nos dimos a la tarea de alimentarlo. Su madre le preparó bollos rellenos de huevo y col. Sus preferidos. Yo le preparé carne de cerdo con mayonesa servida con tomates encima: ¿conoce ese plato? Liosha se lavó, se puso ropa limpia y se sentó a la mesa. Ahí vi que había algo raro en él: comía con la mano izquierda.
Es el tipo de cosas que una no entiende enseguida. Puede que yo es que sea tonta y no me diera cuenta de lo que hacía. Me culpo por ello. Pero lo cierto es que él apartaba la mano derecha todo el tiempo. La escondía. Y se lo pregunté:
—¿Por qué comes con la zurda, Liosha?
Le tembló el mentón, dejó caer el tenedor y se fue al balcón a fumar.
Su madre me riñó: «¿Por qué preguntas? ¿Es que tienes que saberlo todo?». Liosha se fumó un pitillo y regresó a la mesa.
—¡Sírveme un trago, madre! —pidió. Y dijo—: ¡Bebamos, chicas! Y no hagamos más preguntas. Lo que pasó, ya pasó.
Bebimos. Pasamos un rato sentados a la mesa, pero la conversación no cuajaba. ¿Qué podíamos contarle nosotras? ¿Que les había nacido un hijo a Zoika y a Pasha, una pareja del colegio donde estudiamos todos? Y que a nosotros, no. Que no teníamos novedades en ese sentido. ¿Que se había muerto la tía Liuda, la tía de su madre? ¿Qué le podía importar a él todo aquello? ¿O nos íbamos a poner a hablar de política?
El caso es que estuvimos un rato sentados allí en silencio. Su madre lloraba por lo bajo. Después, bebimos un poco más y ella se marchó. Le pregunté si quería que fuéramos al dormitorio. Entramos. Yo, tonta de mí, había puesto las alianzas sobre la cama. Las había guardado en una cajita. Pensaba que era como nuestra primera noche de bodas después de lo que había pasado. Me había preparado para ella: me depilé y me lavé bien. Le había sido fiel. Y había ansiado tanto que él volviera a casa, que estuviéramos juntos de nuevo, que nos acariciáramos… Me había imaginado tantas veces el momento en el que él me pondría el anillo en el dedo… Tenía ese sueño, sí, ¿cómo lo voy a esconder? Pero todo salió mal. Liosha entró al dormitorio, vio la cajita con los anillos y me besó en la mejilla, que era como si no me besara. «Perdóname, pero me voy a dormir al diván de la cocina», me dijo. Y se fue.
Yo soy tonta, sí. ¡La más tonta del mundo! Pero no le demostré que me sentía defraudada. Lo abracé, le miré a los ojos y le dije: «Liosha, tú eres el único hombre que conozco, el hombre perfecto para mí, y te amaré como quiera que seas. Lo arreglaremos, ya verás. ¡Tú confía en mí!».
Él me escuchó, me apartó y se fue a dormir.
A la mañana siguiente fui a la cocina a preparar el desayuno. Fui en camisón, intencionadamente. El camisón más bonito que tenía, muy transparente. Me solté el pelo. Él se me acercó por detrás y me besó el cabello con una ternura muy grande, ¿sabe? Y salió a la calle.
Pensé que iba a fumar. Y también pensé que las cosas se estaban arreglando. Pero Liosha se dirigió al cobertizo que había detrás de casa. Y se colgó.
Cuando lavé su cadáver, antes del funeral, me fijé bien en todo su cuerpo: le habían cortado todos los dedos de la mano derecha. Tan solo tenía unos muñones de color lila en lugar de los dedos.
Y eso fue todo.
Llévate mi dolor, Katerina Gordéyeva.
Golden Iceberg, Little Dark Age, MGMT
Silver Iceberg, The Glorious Land, PJ Harvey.
Bronze Iceberg, The Spins, Marc Miller, Empire of the Sun.
+.+.+
4, Angel of my dreams, Jade.
5, The Safety Dance, Men without hats.
The French novelist André Gide once wrote: "I alter facts in such a way that they resemble truth more than reality."
Werner Herzog, Every man for himself and God against all.
Once upon a time, there lived two elephants. One was yellow, and the other was speckled. They lived happily. They adored picking flowers. Sometimes they played badminton. They hopped and jumped, and they loved meadows. And here came the Terribly-Big Meaning. And he said to them:
"Listen to me, my good elephants. Is that what you really want?".
The elephants were confused. They never thought about things like that. And they didn't know what to want and what not to.
"Good", said the Terribly-Big Meaning, "then answer me one more question, what is the meaning of your life?".
And the elephants started thinking again. The yellow elephant had been thinking for so long that he turned green, and the polka-dotted one hid under the bed.
Oh, elephants, poor little elephants. They could not answer any of the questions. They exhausted themselves and were about to die. They would probably have died if they hadn't recalled in the morning that they wanted to play badminton, pick flowers and chase bees in the meadow. They burst out laughing and went on with their business.
Ignat Yúrovich era apuesto y parecía animoso. Echaba un vistazo a su alrededor con mirada maliciosa. Unos rizos canosos salpicaban su generosa calva; sus cejas pobladas coronaban su rostro y le otorgaban un aspecto desafiante; su nariz era un poco ganchuda y, mientras hablaba, su dentadura postiza crujía en alguna parte de su cráneo. En las solapas de la americana lucía varias medallas al mérito en el trabajo y de congresista sindical. Estaba recostado sobre la cama, que estaba sin hacer, con el traje puesto y la camisa blanca almidonada. Calzaba unas chancletas de goma, que contrastaban con todas aquellas medallas de trabajador ejemplar. Tanto el traje marrón como las insignias le conferían un cierto parecido con William Burroughs si este hubiera sido miembro de la Unión de Escritores de la URSS. Junto al director jubilado, sobre un taburete pintado toscamente de azul, estaba sentada una sanitaria corpulenta y pechugona a quien Ignat Yúrovich llamaba Natasha y a la que mortificaba de forma expresa, sin que la presencia de extraños lo impidiera. Natasha, por su parte, todo hay que decirlo, respetaba escrupulosamente la jerarquía del Partido: con mucha paciencia, le servía al viejo ron en una taza metálica, llenaba de tabaco su pipa repujada en plata, espantaba las mariposas que se posaban sobre su calva, le hacía friegas en sus piernas decrépitas con perfume francés y le quitaba de las manos las revistas pornográficas. Y todas aquellas cosas las hacía sin pronunciar palabra ni mirar siquiera en nuestra dirección.
Serhiy Zhadan, Voroshilovgrado.