dilluns, 3 de desembre de 2012

La gente dejó el periódico y se fue al Carrefour

Puede que en el mismo MBA en que nuestros ejecutivos aprendieron a abusar de la palabra 'sinergia', ya no se enseñara más allá de la primera regla: que el gato por liebre (low cost) se paga caro y el cliente no es tonto. ¿Por qué habría de serlo el lector?
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Esta es una lección dramática para quien entra en un medio y, en lugar de a esos veteranos que nos marcaron, hallará tipos que no creen en el gran reportaje ni en el arte de la entrevista, sino en las promociones, en sacarle una licencia a un político o en ver cómo caerle mejor a Google.
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Muchos titulares y columnistas serían impublicables en medios que tanto ponderamos.
Algo enfadados con el mundo y con la historia, además de en la cola educativa de la Unión Europea, los españoles y su prensa resultamos hoy un poco más frágiles y también algo menos europeos que antes. La identidad es la formación, y a falta de ella la prensa busca reforzarla con una "nacionalización de la información"; el interés depende de que haya algún español en ello.
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Las redacciones se infectaron también cuando se inoculó en ellas cierto virus más empresarial que periodístico; pero empresarial de la rama contable con manguitos, sin relación alguna con el emprendimiento, la mejora y la competitividad. Desde entonces, los medios van encaminados a acabar con todo coste que supere el precio de venta de esa misma historia. O sea, como si el precio del cuadro se estimase por el coste de pinceles y pintura.
Ineptos con máster en tirantes se infiltraron en los medios para inventar la pólvora, gastando millones en argüir que las cacerolas vendían más que las entrevistas. Lo lograron: la gente dejó el periódico y se fue al Carrefour.
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El corresponsal clásico ha sido un ser lo bastante baqueteado y solo como para poder señalarlo sin ambages con el dedo. Un comunicado de un Estado Mayor es, por definición, una pura mentira: y no podría serlo de otro modo. Es información con objetivo: es propaganda.
Durante la guerra entre Israel y Egipto, en 1973, un sociólogo debió de hacer cuentas de los comunicados de bajas materiales causadas al enemigo, y sumadas se deducía que los dos habían destruido al enemigo tres veces más carros y aviones que los que tenían.
La conclusión de Phillip Knightley, tras estudiar cien años de guerras, es el título de su obra: "La primera baja siempre es la verdad".
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Hay cosas que sí valoramos más: ir, ser testigo, poder contarlo. Lo hemos hecho incluso gratis, esto para desgracia de la profesión. Trabajar de balde se introdujo posiblemente a través del cebo que suele enganchar y enredar al ego: cuando quisimos figurar en todas partes... Una vez que la parroquia sabe que haces rebajas, pasa a creer que es que te gusta demasiado.
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El ciudadano, compulsivamente informado no es uno mejor informado, sino, antes que nada, un consumista compulsivo de algo repentinamente popular.
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Cuando Roy Gutman, en el verano de 1992, en Omarska, dio con los primeros campos de concentración en suelo europeo desde 1945, las discusiones con sus jefes de Nueva York eran en otro orden. Durante días le pararon la historia, pidiéndole más y mejores fuentes, pruebas, seguridad, equilibrio, certeza de que no acabarían ante los tribunales; o sea, un mejor trabajo.
Yo hube de confesarle que, con tal 'scoop', me habría tirado a la piscina el primer día y con mi director encantado. Entrando en harina, como solía en largas noches con otros colegas, Gutman terminó inquiriendo si no temía por la reacción de la comunidad serbia u ortodoxa en España...
Aprendí así la finura con que tenían que trabajar mis colegas de Nueva York, Londres, París o Munich que, hablaran de quien hablaran, solían tener exponentes de su comunidad entre sus lectores. "No podemos permitirnos ofender gratuitamente a nadie..." En la prensa española falta aún quien se disculpe, dimita o sea cesado por equivocaciones y prejuicios sobre el 'Prestige', Irak, el 11-M o la crisis. Los despidos no han venido precisamente por ahí.
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En la tradicional comida con el director, recuerdo un año en que el posible acceso de Turquía a la Unión Europea se convirtió en asunto: que si son, o no, europeos y tal. Pasaban los platos y las opiniones hasta que, con mi afición centroeuropea, propuse abrir el periódico a una discusión de expertos: de lo geográfico a lo económico, político, estratégico o filosófico: ¿tiene Turquía lugar en la UE? ¿Interesa? ¿Es la UE la única Europa? El silencio fue interrumpido por un: "En España los moros caen mal, y ya puedes traer a los catedráticos que sea que no va a cambiar".
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La deportividad de estudiar la competencia e incluso de retomar una noticia y citarla como fuente más, sobre la que debatir, resultan marcianos en España; prima la hipocresía de que a los demás ni se los mira y, si se los copia, no se los cita, pues sería echar por tierra lo anterior. Tampoco un columnista no cita apenas fuentes ni un reportero sus lecturas, ni explicita lo que no ha logrado (algo que completaría mucho la historia).
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Para cubrir algo hay que estar; es la gran diferencia. No así para quien sólo necesita titulares para charlar -que puede ser la mayoría-, pero sí para esa minoría que tiene interés, afición, dedicación o una visión propia de ello. Y ello puede ser tenis, regadío o teatro. Es absurdo, como sabe la publicidad, crear productos elitistas y frustrarse porque no los compra la masa.

Ramiro Villapadierna, Qué pasó mientras estábamos fuera. Queremos saber.

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