dilluns, 15 de maig de 2017

Hedor agrio

Comen en silencio. El jabalí que ha estado adobado en vinagre durante cuarenta y ocho horas con un ramillete de hojas de laurel. El jabalí que Èric, atado al morro del cuatro por cuatro, bajó clandestinamente al pueblo, cuando se hizo de noche, y subió a la vivienda, dos tramos de escaleras, dejando un reguero de sangre y pelo que luego se apresuró a limpiar con la escoba y la fregona ella, Tiphaine.
Lo come Tiphaine con cierto asco. Le cansa esa carne roja, fuerte, astillosa, que se le atraganta en la garganta. Le desagrada la visión de la bestia en la bañera y Èric descuartizándola, serrando sus patas y su cabeza, abriendo su vientre para sacar los intestinos, envolveros en papel de diario viejo, los que almacenan para encender la chimenea, y ordenándole:
–Tíralo ya al contenedor o nos apestará la casa.
La casa huele a jabalí muerto. Es un hedor agrio a cerdo sucio que tarda en irse a pesar de que Tiphaine abre las ventanas y friega los suelos con lejía. Luego le toca lavar la bañera, sacar toda aquella sangre que ha ido derramando la bestia mientras su cazador le descuartizaba, y recoger los pelos para que no embozaran el sumidero. Por eso Tiphaine odia el jabalí. Por todo lo que supone que Èric los cace.


José Luis Muñoz, Cazadores en la nieve.

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