diumenge, 23 de juliol de 2017

Hasta que lo sabe el mundo



Había veintidós muertos abandonados. Algunas mujeres y algunos niños habían vuelto a sus chozas con las manos y las ropas manchadas de sangre. Era la sangre de la misma colina herida. Hasta las primeras horas de la tarde –ya la cuerda de presos reptando por la carretera de Medina Sidonia–, nadie habló, nadie salió de sus casas. Todo el mundo cerró los ojos y se tapó los oídos. ¿Qué nuevas ignominias tendrían que ver u oír todavía? A las cuatro de la tarde llegaron el juez y el forense. Oigamos a este último:
«Requerido por el juez, fui y levanté primero el cadáver de un hombre como de unos cuarenta años, que estaba en un cercado, con un balazo, al parecer, en la cabeza; a su lado no había armas, estaba dentro y fuera del cercado. De allí pasamos a la corraleta del Seisdedos. Había un gran montón de cadáveres, un verdadero río de sangre. Separado de un grupo de otros nueve o diez estaba el cadáver de Manuela Lago, que aún tenía ardiendo las ropas por el vientre, y se ordenó que fueran apagadas. Eran las tres y media o las cuatro de la tarde, como máximum. En el interior de la choza de Seisdedos, que aún ardía, se veía un montón de escombros y un montón de huesos humanos.

Todos tenían los balazos de frente; la mayoría, en la cabeza: materialmente levantada y volada la bóveda craneana, como si hubieran recibido un disparo de gracia hecho a boca de jarro. Los cadáveres tenían dos o tres heridas de pecho, vientre y cabeza, y uno solo, por excepción, atravesado el  brazo con fractura de hueso. Algunos presentaban hasta siete heridas de bala, todos ellos de los que estaban en la corraleta, porque en la choza de Seisdedos no se podía entrar: allí solo quedaba polvo y cenizas. Todos los balazos, repito, han sido hechos de frente».
[...]
El hecho criminoso no es todavía delito. Lo es cuando, conocido por los periódicos, descubierto por los funcionarios del Estado, la opinión y los jueces, a la par o en discrepancia, según los casos, crean la atmósfera de la inmoralidad a su alrededor, en contraste con los sentimientos normales y morales de los demás. Entonces el criminal se siente criminal. Hasta entonces se considera un hombre como los demás, que ha cometido un hecho extraordinario.
En la Cárcel Modelo, de Madrid, pudimos comprobar el año 1927 esa observación.  Nos habían dado una celda común que tenía las paredes llenas de grafitos. Por allí habían pasado, a lo largo de los años, los tipos más variados de delincuentes, dejando sus huellas en las paredes. Estaban casi todos los géneros literarios. Verso, prosa, diálogos dramáticos. Y al lado de la castiza y rotunda expresión española, una frase comedida en francés y, más arriba, una larga parrafada en inglés. Nos entretuvimos en copiarlas. Los versos estaban al lado de la puerta, y decían:
Has de estudiar la moral
en el Código Penal,
y ten por lema profundo
que el mal no es mal
hasta que lo sabe el mundo.


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