dimecres, 22 d’abril de 2020

Una cuchara de madera

Era Kalínych el hombre más alegre y más dulce del mundo; no cesaba de canturrear, miraba despreocupado a todos lados, gangueaba algo al hablar, y al sonreír guiñaba sus claros y azules ojos, acariciándose con frecuencia la barba rala en forma de cuña. Andaba sin prisa, pero a grandes zancadas, apoyándose ligeramente en un largo y fino bastón. No me dirigió la palabra en todo el día y me sirvió sin servilismo; pero a su señor le atendía como a un niño. Cuando el insoportable calor del mediodía nos obligó a buscar cobijo, nos llevó a su colmenar, en la espesura del bosque. Kalínych nos abrió su isba, adornada con manojos de secas y aromáticas hierbas, y nos acomodó en el recién cortado heno; él, por su parte, se cubrió la cabeza con una especie de saco con una redecilla, cogió un cuchillo, un tarro y un tizón y se encaminó al colmenar a cortar un panal para nosotros. Tomamos la transparente y tibia miel con agua de manantial y nos quedamos dormidos, arrullados por el monótono zumbido de las abejas y el gárrulo susurro del follaje.
Una ligera ráfaga de viento me despertó... Abrí los ojos y vi a Kalínych, que, sentado en el umbral de la entreabierta puerta, estaba tallando con el cuchillo una cuchara de madera.


Iván Turguénev, Memorias de un cazador.

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