Uno de los doctores conferenciantes (si mal no recuerdo creo que era sueco, lo cual no me extraña) vertió esta opinión: "Nosotros no tenemos necesidad de conocer nuestra historia, porque nunca apelamos a ella. Las comunidades más felices son aquellas que no tienen necesidad de una referencia histórica. Tan solo a las comunidades desdichadas les hace falta la historia, porque a través de ella pueden explicar a próximos y extraños sus desgracias, legitimar sus errores, sus contradicciones".
[...]
En otra conferencia, una de sus colegas afirmó que el historiocentrismo era comparable al falocentrismo. Es el vector, la sustancia, la condena divina en la que se apoya el punto de vista universal de la mayor parte de los intelectuales del Este. Es la vara con la que os flageláis continuamente. Liberad vuestra razón del dictado de la historia, instaba al público, adecuados de una vez por todas a la realidad.
Este enfoque motivó la desaprobación de los representantes de las comunidades desdichadas, quienes alegaron que sus desgracias no provenían de las ansias de profundizar en la memoria de su historia, sino justamente de lo contrario, del desconocimiento de ella. Durante la época totalitaria nuestra historia fue falsificada, manipulada, filtrada, oprimida y explicada mediante el "único método exacto". La pobre descollaba a causa de las terribles vacuidades semánticas; de ella habían caído no tan solo personalidades o sucesos específicos, sino un conjunto de períodos, procesos y tendencias. ¡Hasta había perdido el índice! Por lo que aún nos encontramos en la fase inicial de una recuperación que no debe ser obstaculizada.
Qué ingenuos sois, le recriminaron los representantes de las comunidades felices, qué ingenuos, pensáis que ahora encontraréis finalmente algún otro "único método exacto" y que os libraréis de todos vuestros problemas gracias a una genuina interpretación histórica. Pero el caso es que se trata de una ilusión, ya que la historia no es otra cosa que la suma de diferentes versiones contrapuestas referidas a algo que pudo haber pasado o que pasó de manera completamente opuesta. Por ese motivo la perspectiva histórica nunca abarca la totalidad. Sabemos que la historia ha sido falsificada y comprimida a priori y que es algo muy peligroso, pero mucho menos si se es consciente de este hecho y del lugar de la historia. Cuando no es categórica, la historia, una mitología encubierta de trascendencia, no es más que una turbia necrofilia ideológica. El amor por la historia ha creado a villanos de la talla del Duce y del Führer. ¿De dónde, si no, provienen las fases de los lictores y las insignias rúnicas, los pomposos atributos romanos y nórdicos que emular a César y a Sigfrido? De hecho, revisad vuestros libros de textos escolares "no-totalitarios" (¡neototalitarios mejor dicho!) y mirad qué escriben sobre las naciones vecinas. Leed primero antes de preguntaros y sorprenderos del porqué de todo este odio generalizado que hace que aún hoy se siga matando a las personas por pertenecer a una u otra nación.
Jamás nos habéis comprendido, dijeron a esto los historiocentristas infelices. Se os ha atrofiado el órgano que permite entender a los demás. Vuestros grandes almacenes y vuestros seiscientos sesenta y seis canales de televisión os han convertido en presumidos y os han henchido de autosatisfacción. Spengler tenía razón, la bondad no es una de vuestras virtudes.
A lo que los posthistoricistas felices les respondieron que antes que nada debían cambiar su mentalidad. Se les había quedado totalitaria, lo cual significaba que sus inestables democracias estaban bajo constante amenaza. En vez de continuar escarbando en los aspectos xenófobos de los mitos históricos, mejor sería que acabaran con las mafias y la corrupción de sus países. En ese estado de cosas no podían contar con entrar a corto plazo en la Comunidad Europea, donde imperaban unos valores basados en el liberalismo cosmopolita y en el hedonismo consumista. Estaban construyendo a ciegas un muro que creíamos -¡eso habíamos acordado!- debía ser destruido.
