dijous, 14 d’octubre de 2010

Seres arrojados al mundo

Los escritores, en tanto seres arrojados al mundo a los que sólo diferencia del resto cierta mirada peculiar sobre las cosas (¿qué más puede ser un escritor?) sufren la adicción, o bien exploran y explotan ese estado otro de la percepción, o bien subliman la experiencia como proceso no lineal de conocimiento. Decía Jodorowsky, tras probar alguna, que la droga es como un atajo. Aunque después olvide uno los pasos y deba rehacer el camino, y sólo al recorrerlo despacio de veras lo aprehenda y lo interiorice, en ese primer viaje, en ese primer viaje (de nuevo, el lenguaje nunca es gratuito) de la mano de la droga uno ha visto, ha percibido el estímulo atroz de ciertos sentidos y esa iluminación (o esa vista al pozo de las sombras) le ha alineado en otra dirección, le ha alineado contra el sentido único y monolítico impuesto desde la demasiada razón, desde la implacable "moral" de cada tiempo y sociedad.

...Para olvidar el infierno, adentrarse en un infierno ¿mayor? No, distinto (William Blake supo dibujarlo). Para conjurar el tedio, una rutina casi litúrgica, la misa privada o compartida por el borracho. Para sobrellevar el cáliz de la vida, llenarlo de alcohol y ahogarse en él. Verlaine, Poe, Steinbeck, Faulkner, London, Scott Fitzgerald. Hemingway, Rulfo. Aderezarlo con anfetaminas y barbitúricos. Tennessee Williams. Cocaína. Morfina. Françoise Sagan dándole los buenos días a la tristeza desde la ventanilla de un coche a toda velocidad. Anne Sexton deteniendo el suyo en el garaje, motor en marcha, para dormirse con el monóxido de carbono y no volver a despertar. Naufragar para olvidar otros puertos donde la vida es en sí misma un naufragio perpetuo. Convertirse en un santo bebedor como Joseph Roth, en esa fuga sin fin de la Alemania nazi, de hotel en hotel, de vaso en vaso, hasta el derrumbe final en París. Richard Yates sucumbiendo tras Vía revolucionaria, pero también John Cheever levantándose después de Falconer. La ebriedad como desaparición consciente, pero también la resaca como forma de convalecencia, finita, maestra y revulsiva.

The busy bee has no time for sorrow, dijo también Blake.


Sergi Bellver, BCN Week. Literatura y Droga.

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