dimecres, 6 d’octubre de 2010

Último otoño en Beijing



Otoño es la mejor época del año en Pekín. Sólo hay que echar un vistazo al exterior desde la ventana de mi apartamento, en el distrito de Dongcheng, el corazón de la ciudad. De día, el cielo es sorprendentemente azul, incluso se distingue nítidamente el vuelo de la bandada de palomas del vecino. Se goza de un fresquito agradable, para abrigarte únicamente con jersey. De noche, ¡se ven las estrellas!

Nuestros cambios deberían seguir el ciclo de la naturaleza. En otoño es cuando las aves emigran, cuando los árboles pierden sus hojas y las empresas preparan los presupuestos del año siguiente.
Me dispongo, pues, a dejar Pekín.


Lo curioso es que jamás creí que mi alma sufriera tanto al dejar Pekín como cuando abandoné Berlín hace cuatro años. Como es habitual, andaba equivocado. Por lo general, no acostumbro a vivir del pasado, pero en momentos puntuales sí puedo ser de lo más melancólico. Mi pena de hoy no tiene nada que ‘envidiar’ a lo que sufrí en diciembre de 2006, cuando di mi último paseo por Prenz’lberg y Kreuzberg. Recuerdo que lloré a lágrima viva caminando por la calle, tomando el tranvía... Hoy martes 5 de octubre vuelvo a ser la misma piltrafa; por lo menos hoy, que cambio de hogar y abandono a mi patria de nombre griego, la que todo ciudadano mediterráneo cree tener.

Si lo analizo con frialdad, no hay duda alguna: lo vivido en China sobrepasa mis experiencias vitales en Alemania. Personalmente, mi vida aquí ha sido una montaña rusa. Ha sido un curso intensivo que no tiene precio. En el IESE o en la Universidad de Columbia pagan miles de euros por seis meses de cháchara. Lo que mi cabeza y corazón han percibido en China, son lecciones con un valor superior a todos los puntos del IBEX-35.

He cruzado desiertos y he recorrido fronteras del Este y de Asia Central. Conocí a muertos de hambre que me ofrecieron lo poco que tenían en su casa de adobe o en su barraca arrasada por una avalancha. He observado en primera persona la destrucción del planeta: navegué por ríos pútridos en lanchas de fabricación yugoslava, me subí a convoyes de carbón y de madera de dos kilómetros de largo y visité las fábricas de la presente revolución industrial (La siguiente ya está aquí, en Indonesia, Brasil y África).

También jugué a hockey en un campo escoltado por fragatas, en una base militar en el Mar del Japón. Paseé por playas de ensueño rodeadas de terroristas emboscados entre campos de palmeras; tomé café con espías coreanos, con jeques árabes que fueron campeones olímpicos. He descubierto cadáveres abandonados en la carretera, escuelas norcoreanas en Tokyo, japoneses latinos en Kawasaki, mítines políticos en guarderías de Niigata y en plazas dedicadas a Chiang Kai-shek. He visto operar a mi padre en su querido Hong Kong, he entrevistado a políticos aptos y a ineptos...

Aquí empecé a fumar; aquí he amado a mi alma gemela y aquí me estalló la cabeza. Pero, sobre todo, en Asia he sido testimonio del desarrollo humano.

Como miembro de la aldea global, la lección más importante ha sido una, muy concreta: Nuestra especie no es en blanco o negro, no hay buenos o malos. Somos diferentes según el contexto y las circunstancias históricas.

Por lo general, el individuo en el Extremo Oriente asume lo que le caiga encima con un suspiro metafísico. En Occidente, en cambio, luchamos con nuestros remordimientos y nos rompemos los cuernos por ser amos de nuestro destino. Esto se estudia en las universidades, pero os prometo que no lo entiendes hasta que no quieres salir de tu eurocentrismo.
La tradición judeo-cristiana vs. el budismo-confucionasimo. El ideal sería aprender de ambas.
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Se puede llorar y se puede existir sin entender nada, pero mientras a uno no le llegue su hora para cruzar al otro barrio, la vida sigue. The show must go on. O como diría mi abuela: "y así rueda el balón por el estadio de Les Corts".

(No sé por qué pero repasando estos años, el ir y venir de las olas, me ha parecido que Georges Moustaki y Zorba el Griego eran la banda sonora ideal)


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