dimecres, 24 de febrer de 2010

Una barrera de adobe

"En la provincia de Shanxi, en la China Central, la Gran Muralla tiene poco que ver con la presencia imponente de las imágenes de postal que ofrece a su paso por Pekín. La Muralla en Shanxi es únicamente una barrera de adobe que hoy sirve para demarcar la frontera con la Región Autónoma de Mongolia Interior. Siguiendo su recorrido se encuentran torres de vigía, algunas de más de 2.000 años de antigüedad, templos y pueblos enclaustrados entre los muros de antiguas fortalezas. En la capital china, la Muralla ha sido renovada en repetidas ocasiones desde que la dinastía Ming asumiera el poder en el siglo XIV. En el resto del país, el patrimonio cultural de la Gran Muralla cae en el desconocimiento y en el olvido.
Mientras las grandes metrópolis del Este de China lucen los más altos índices de desarrollo, la vida en el Norte y el Oeste de China –los territorios marcados históricamente por la presencia de la Muralla y de la Ruta de la Seda- quedan al margen de la atención mundial. Los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 se celebraron en la capital y en otras seis sedes olímpicas, todas ciudades de la costa y del Sur del país. El futuro queda lejos de los paisajes y de las gentes de la Gran Muralla, pese a que sólo a partir de ésta se entiende la historia de China y de Asia.


La construcción de la Gran Muralla comenzó en el siglo III ante
s de Cristo por orden del primer emperador de una China más o menos homogénea, Qin Shi Huang. La obra fue continuada durante siglos por dinastías posteriores para defenderse al Norte de las invasiones de los pueblos nómadas. La dinastía Ming (1368-1644) fue la más activa reforzando las antiguas construcciones y erigiendo nuevos tramos. Su temor ante el poder mongol era lógico porque la era Ming se inició derrotando al imperio mongol que fundó un siglo antes Genghis Khan. Los Ming hicieron de la Gran Muralla “la estructura militar más grande del mundo”, según la UNESCO, que la acreditó en 1987 como Patrimonio de la Humanidad. Se estima que tiene más de 6.500 kilómetros de longitud aunque todavía no se ha establecido con exactitud su extensión. Peter Hessler, escritor y experto en China del semanario The New Yorker, asegura que en todo el mundo sólo existe una cátedra dedicada al estudio de la Gran Muralla, en Estados Unidos. El principal inconveniente para determinar su longitud es que la Muralla tiene múltiples recorridos que frecuentemente no están ni conectados.

Liu Shu Ming trabaja de guía cultural en Datong, al Norte de Shanxi. Liu es originario de un pueblo del Sur de la provincia ubicado junto a lo que llaman la “Muralla interior”, un tramo de la Gran Muralla separado por más de 200 kilómetros de la frontera Norte. Su municipio lleva el nombre de la fortificación en el que está enmarcado, Houshachen. Liu conoce por experiencia propia la degradación que padece el mayor símbolo de China: “En los muros de Houshachen ya no quedan ladrillos de la construcción original, sólo adobe, porque los vecinos se los han ido llevando en carretillas. La fortaleza se cree que pertenece a la era de la dinastía Han [206 a.C – 220 d.C] pero a la gente le da igual, no tienen respeto por las antiguallas. Recuerdo que de pequeño encontraban monedas antiguas y nos las daban para jugar.”

Liu es uno de los pocos que se empecina en llevar a turistas a la Muralla de Shanxi, fuera de los circuitos turísticos habituales que sólo hacen parada en las impresionantes grutas budistas de Yongang y el templo colgante de Hengshan. En una de las secciones que ocasionalmente le piden visitar se encuentra el pueblo de Hujiayao. Su nombre apareció en la prensa hace dos años porque protagonizó uno de los habituales casos de destrucción y pillaje que investigan las autoridades locales. En aquella ocasión, una compañía minera –Shanxi es el centro de extracción de carbón más importante de China- fue denunciada por haber agujereado parte de la Muralla para hacer una carretera que diera paso a sus camiones, evitando así pagar los peajes de una autopista cercana. El gobierno de Shanxi también investigaba la sustracción de ladrillos centenarios del monumento por parte de los habitantes de la zona. Los vecinos de Hujiayao sin embargo aseguran que ya no se pueden encontrar más piedras en la muralla porque prácticamente no quedan. Hujiayao es una amalgama de casas y barracas pobres sin calles asfaltadas ni agua corriente. En el principal cruce de caminos de Hujiayao se reúnen los pocos lugareños que todavía no han emigrado a ciudades. Reciben a los visitantes foráneos con suspicacia y para indicar la ubicación de la Gran Muralla señalan con la mano cualquiera de las pistas de tierra que arrancan hacia el Norte, marcadas por una central eléctrica de carbón instalada al otro lado de la Muralla, a un kilómetro del pueblo.

En Hujiayao y la vecina Ershiyiqiang, la última localidad de Shanxi antes de cruzar la Muralla y entrar en Mongolia Interior, han colocado pivotes en los caminos para evitar el paso de los camiones de la central eléctrica. Gao, un habitante de Ershiyiqiang que trabaja en la planta de carbón, asegura que estos caminos “hace muchos años” que se construyeron. Gao cuenta que la zona es muy pobre y que sus gentes son insensibles respecto al monumento. Pone como ejemplo el caso reciente de unas barracas que unos compañeros de trabajo levantaron empotradas en la muralla. La administración regional de protección del patrimonio las descubrió y ordenó su desmantelamiento.

En el área de la planta eléctrica se encuentran los restos de una torre de vigilancia milenaria. Sólo se conserva un montículo de adobe de unos 6 metros de altura. En China se han aprobado en los últimos años varias leyes de protección del patrimonio cultural pero Zhu Faming lamenta que los incrementos de controles no han surgido efecto y los robos de activos culturales no cesan. Zhu actúa de representante improvisado de Deshengbu, una fortaleza de 2.000 habitantes construida en el siglo XVI que tuvo importancia como mercado entre chinos y mongoles. Viendo la miseria de su casa, la primera del pueblo, cuesta creerle cuando explica que es descendiente de una rama familiar del fundador de los Ming, Zhu Yuanzhang, que permanecieron en la región construyendo las defensas militares. Su padre fue oficial encargado de la vigilancia de las reliquias. Los muros de su patio, donde quema basuras, tiene el pozo de agua y guarda las herramientas de madera para trabajar en el campo, están compuestos con piedras de la fortaleza. “Los tomó mi padre en 1949, acabada la guerra”, justifica Zhu.

Las casas de Deshengbu tienen dos plantas. Desde las ventanas superiores se divisa el llano de la estepa mongola más allá de los muros de la fortificación. Un rebaño de ovejas recorre la calle principal y el pastor se detiene en el único colmado del pueblo para abastecerse de frutos secos. En los patios y cobertizos, la arena entierra lo que encuentra a su paso. En varias entradas de casas se pueden ver reliquias y estelas inscritas en antiguo chino semienterradas bajo la tierra. Zhu explica que en 2007 unos desconocidos robaron de noche de leones imperiales de piedra de 250 kilos cada una, que escoltaban el arco del triunfo de Deshengbu. Según la policía, las esculturas fueron esculpidas hace 600 años. “Los Guardias Rojos nos ordenaron que la fortaleza tenía que desaparecer. El templo taoísta sí que lo destruyeron. La Revolución Cultural (1966-1976) hizo mucho daño, pero el daño todavía continúa porque a partir de la década de los Ochenta llegaron los robos. Incluso algunas cosas se las ha llevado el gobierno sin decir nada. Luego lo colocan en lugares más turísticos”, asegura Zhu.
Diego Azubel, fotógrafo argentino que entre 2000 y 2001 cubrió a pie 4.000 kilómetros de la Gran Muralla, evoca los múltiples amigables encuentros con los pastores que todavía hoy continúan viviendo cerca de lo que queda de la estructura de la Gran Muralla. La mayoría del recorrido ha desaparecido por la erosión de la arena y seguir un itinerario fijo sería misión imposible si no fuera por la ruta que marcan las torres de vigía.

La Muralla ofrece al Oeste de China unas travesías de ensueño al cruzar la mayoría de los desiertos del país, unos espacios vastos y con grandes diferencias estéticas entre ellos. La generosidad de sus habitantes es una costumbre arraigada desde tiempos inmemoriales, sobre todo en los itinerarios cercanos al paso de la Ruta de la Seda y a los caminos frecuentados por peregrinos budistas. Virginia Stabbs Anami, estudiosa de la cultura china, describe en su libro Encuentros con el viejo Pekín algunas de las tradiciones que durante siglos han mantenido las gentes que han ocupado los centros urbanos en la trayectoria de la Gran Muralla. Tradiciones como un plato habitual que se ofrece al viajero, las gachas con arroz, un alimento sencillo en zonas rurales pobres.

De Shanxi hasta los confines occidentales de la Gran Muralla hay miles de kilómetros de llanos áridos y despoblados. Las regiones autonómicas musulmanas de Ningxia y Gansu son las etapas más espectaculares gracias a la belleza del desierto. En Gansu se alcanza el límite de la Muralla, en la fortaleza de Jiayuguan, perfectamente conservada gracias a los refuerzos que le aplicó la dinastía Ming. Desde la atalaya de este bastión se contemplan la cordillera nevada de Qilian y a sus pies la nueva ciudad de Jiauguan, antaño un oasis donde se abastecían las caravanas militares y comerciales. Hoy es un centro industrial estratégico para el sector del acero y petroquímico.

La Gran Muralla comienza en medio del desierto, en uno de los enclaves más lejanos del mar que existen en la Tierra, y finaliza en la costa de la provincia de Hebei. En la ciudad portuaria de Qinhuangdao, en el golfo de Bohai, la gran obra de defensa china se encuentra con el océano en el angosto paso de Shanghaiguan, uno de los atractivos turísticos más apreciados por los chinos. A 300 kilómetros queda Pekín. Fue elegida capital en 1421 por Yongle, el tercer emperador Ming, para acercar el poder político a las débiles que les separaban de la amenaza de los pueblos mongoles y manchúes. El Norte de Pekín ofrece las mejores panorámicas de la Muralla, las más icónicas, reproducidas en camisetas, libros de fotografía o logos de bancos y restaurantes..."

Cristian Segura, Vida y olvido en la Gran Muralla. Adaptación publicada en La Revista IMO.

i versió reduïda a l'Avui

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