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dimarts, 8 de setembre del 2009

Sólo los hombres crían pájaros

"Bolsos, chaquetas, fundas de raqueta, termos de té. Cada mañana, las ramas de los árboles del parque Ritan de Pekín se convierten en un perchero público para las decenas de jubilados madrugadores que vienen aquí a practicar danzas con abanicos, tai chi, o a jugar al bádminton. En los rincones más tranquilos del parque, enclavado entre los modernos edificios del distrito financiero, hay también jaulas de pájaros colgadas de las ramas.
"La mañana es el mejor momento para pasear a los pájaros, es cuando se relajan", dice Gu, un hombre de 56 años, cuerpo ágil y delgado y unas greñas canosas que le caen sobre la frente mientras lee el periódico a la sombra de un sauce. En una de las ramas ha colgado una jaula con un bonito ejemplar de huamei (cejas pintadas) nombre de este pájaro cantor de panza dorada y gruesas marcas blancas sobre los ojos, muy popular en China. Gu tiene 20 pájaros y los saca a pasear a diario, siguiendo una costumbre introducida por la dinastía Qing, la última de emperadores chinos, para entretenerse.
La tradición fue prohibida por Mao durante la Revolución Cultural, pero la llegada de la Reforma y Apertura de China en los ochenta, ha vuelto a convertir en algo habitual los grupos de hombres charlando o jugando a las cartas en cualquier rincón mientras sus pájaros toman el aire. "Es una buena excusa para hacer ejercicio físico y enriquecernos como personas", explica Gu, apodado el maestro de los pájaros por sus amigos. A lo largo de la mañana los hombres van llegando con sus respectivas jaulas a este rincón del Ritan. "¿Crees que mi pájaro está enfermo? ¿Lo ves nervioso? ¿Le sentará bien comer pasta de gambas?", son algunas de las preguntas que le hacen a Gu. Algunos tapan las jaulas con fundas de color azul para evitar que el pájaro cante o se asuste. "Si el pájaro coge miedo se podría lastimar", dice Gu, mientras su mascota no para de brincar y cantar.
Sin apartar un ojo de las jaulas, Gu y sus amigos pasan la mañana conversando, riendo, hablan de sus respectivas familias, juegan a las cartas. Sólo los hombres crian pájaros. "Es un símbolo de elegancia", dice Gu. Todos ellos pertenecen a la Asociación de Amigos de los Pájaros de Pekín y se conectan a un foro on-line para aficionados. Hay pocos jóvenes interesados en esta tradición. "Prefiero que mi hijo no se distraiga con pajaritos y estudie para entrar en la universidad", dice Yang, el más joven del grupo, de 46 años. Su hijo lleva una jaula vacía que acaban de comprar y se la enseña a Gu. "Buena, buena", murmura el maestro mientras examina los finos barrotes de bambú, la delicadeza de las cinco vasijas de porcelana para la comida y el agua, la alfombra de seda y el elegante grabado de bronce en el techo: un shou, el carácter de la longevidad, palabra que en mandarín suena igual que "felicidad".
En cada detalle se respira el espíritu de esta ociosa costumbre imperial, pero tiene su coste: la jaula cuesta 6.000 yuanes (600 euros), un capricho que en China no muchos pueden permitirse. "Reconozco que me gusta mimar a mi Baobei [bebé]", dice Yang, mirando tiernamente a su colimbo de garganta roja."


dimecres, 12 d’agost del 2009

El copista de Gongtibeilu

"You are a lucky dog" (eres un perro con suerte), escucha Mario cada vez que baja a hacer fotocopias a la copistería del señor Zhou. Este pekinés de 54 años no se corta un pelo a la hora de practicar inglés con los extranjeros que viven cerca de Gongtibeilu, una de las calles más concurridas por expatriados y diplomáticos occidentales en Pekín. Con Mario, un joven madrileño que trabaja en la capital china, Zhou tiene una buena excusa: repetirle lo afortunado que es por tener una novia española, guapa e inteligente.

"Todo el inglés que sé lo aprendí solo", dice Zhou, mostrando los libros de texto que guarda en la mesa de despacho que apila al fondo de la copistería. Las páginas están sucias y manoseadas, llenas de tachones y frases escritas a lápiz en su letra pequeña y minuciosa. Son los ejercicios hechos durante años una y otra vez. "Siempre quise estudiar idiomas, pero mi educación se quebró por culpa de la Revolución Cultural", se lamenta Zhou al recordar los tres años que se vio forzado a abandonar la escuela cuando Mao ordenó que los jóvenes fueran al campo para aprender de los campesinos (estudiar era un "capricho burgués").
Sin embargo, el empeño de Zhou ha dado su fruto y ahora presume de poder conversar con cualquier laowai como Mario. "Cuando abrí el negocio apenas había extranjeros", dice Zhou. En 1991, obtuvo junto a su mujer la licencia para abrir la copistería, a la que llamaron Ji-Hui (La Oportunidad), un juego de palabras que resulta de combinar sus nombres de pila, Ji Ren y Lan Hui. Ahora, la tienda está flanqueada por edificios de oficinas y apartamentos de lujo, con nombres como Sun City o Seasons Park, donde residen muchos extranjeros.


"Laoweeeei zhao ni le!" (¡te buscan los extranjeros!), grita Lan Hui a su marido cada vez que un occidental entra por la puerta. Si no hay mucho trabajo, mientras Zhou atiende a los clientes, Lan Hui aprovecha para empezar una nueva partida de póker en el ordenador, su verdadera pasión. El matrimonio se pasa el día en la tienda, no cierran nunca. "El alquiler del local se ha doblado desde que abrimos", explica Zhou.
Pagan 80.000 yuanes al año (unos 8.000 euros) por un local que no alcanza los 50m2 el salario medio anual de un trabajador en Pekín es la mitad. Por una fotocopia, Zhou cobra 0.5 yuanes, (menos de 1 céntimo de euro), por escanear un documento, 5 yuanes (medio euro). Como la mayoría de la población, dependen de una única fórmula para prosperar: ahorrar y trabajar sin parar.

Lo consiguieron: el negocio que en 1991 empezó reparando máquinas de escribir ahora dispone de dos fotocopiadoras, una impresora para planos, dos ordenadores y un sencillo escáner. En un cuarto trasero, Zhou ha colocado una cama y un hornillo eléctrico donde su mujer cocina. "¿Qué prepararás hoy?", pregunta Zhou, hambriento. Ya ha pasado el mediodía, pero sobre una repisa esperan una cebolla, un calabacín y una palangana con setas en remojo.

Lan Hui continúa frente al ordenador, pendiente del póker. La copistería se ha quedado vacía. "La crisis se nota mucho", se lamenta Zhou, mirando por la ventana hacia los modernos bloques de oficinas y hoteles de cinco estrellas donde trabajan muchos de sus clientes. "Y este Pekín moderno no me gusta nada", concluye.


Andrea Rodés, Público, Pekín, el copista de Gongtibeilu que nunca cierra.

dissabte, 28 de març del 2009

Por fin, Baozi

"Reconozco que tengo una obsesión por los baozi, unos bollos blancos y esponjosos con rellenos diferentes: de carne, pescado, verduras, etc. En cada región de China los cocinan de manera diferente y se suelen comer para desayunar. No hay que confundirlos con los shuijiao, o jiaozi, los populares raviolis chinos que venden congelados en cualquier supermercado. Sólo hay que hervirlos durante cinco minutos y listo. Los baozi también se venden congelados y normalmente son los que sirven en los restaurantes. Siempre son mejor los caseros: la masa no tiene esa textura achicletada y la albóndiga es más sabrosa.
Desde que el buen tiempo llegó a Pekín y los restaurantes sacan las mesas a la calle para cenar al aire libre, la ciudad entera huele al vapor de las bandejas de baozi.
[...]

Los dueños de los restaurantes aprovechan cualquier rincón de la acera para colocar sus mesas. En los barrios humildes, una tabla de madera colocada sobre un bidón vacío sirve como mesa para cuatro. Los vecinos se traen sillas de casa e improvisan taburetes con pilas de cartón o cajas de cartón que todavía huelen a la fruta que transportaban: mangos, lichis y sanías son las más abundantes en primavera. En otoño, son los dátiles chinos. En verano, el melón. En Pekín, los carritos de fruta ambulante marcan el calendario de las estaciones. La gente mayor suele salir a cenar baozi o un bol de tallarines -algunos locales sólo ofrecen estos dos platos- y quedarse allí sentadoa hasta que cae la noche, comiendo pipas y cacahuetes y jugando a las cartas."