divendres, 24 d’abril de 2009

Gloria de Cartago

"Varrón era plebeyo, mejor patriota que general, y quería lo que sus electores querían: un éxito inmediato. Hablando en nombre del orgullo y del nacionalismo, tuvo, como de costumbre, razón. Y condujo sus ochenta mil elefantes y seis mil jinetes contra Aníbal que, pese a contar tan sólo con veinte mil veteranos, quince mil dudosos y diez mil jinetes, exhaló un suspiro de alivio. El temía solamente a Fabio Máximo.
La batalla, que fue la más gigantesca de la Antigüedad, tuvo lugar en Cannas, a orillas del Ofanto. Barca, como de costumbre, atrajo al enemigo a un terreno llano, adecuado para la acción de la caballería. Luego puso sus fuerzas en línea, colocando en el centro a los galos, pues estaba seguro de que éstos cederían. Así lo hicieron, en efecto. Varrón se introdujo en la brecha y las alas de Aníbal se cerraron sobre él. Emilio Paulo, que no había querido el encuentro, combatió valerosamente y cayó con otros cuarenta mil romanos, entre ellos ochenta senadores. Varrón logró salvarse en compañía de Escipión, que ya había salido bien librado en el Tesino, escapó a Chiusi y de allí volvió a Roma.
El pueblo le aguardaba, enlutado, a las puertas de la ciudad. Cuando le vieron aparecer, fueron todos a su encuentro, con los magistrados en cabeza, y le dieron las gracias por no haber dudado de la patria.
Así respondió la Urbe a la catástrofe.

Según los entendidos, Cannas permanece, en la historia de la estrategia, como un ejemplo jamás superado. Aníbal, único capitán que fue capaz de derrotar a los romanos cuatro veces consecutivas, perdió en ella solamente seis mil hombres, de los cuales cuatro mil eran galos. Pero perdió también el secreto de su triunfo, que finalmente, el enemigo comprendió: la superioridad de su caballería."

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