diumenge, 18 de juliol de 2010

Alexey


Alexey es nuestro hombre en el Ussuri. A partir de hoy, Alexey será nuestro intérprete, conductor y ángel de la guarda en la taiga. Nacido en Vladivostok, tiene 26 años y es biólogo. Andrea es del parecer que es guapo. A mí, físicamente me recuerda a Vladimir Putin.

A parte de hacer de guía para europeos con ganas de aventura, su vida profesional se centra en proyectos de conservación de la Naturaleza para los que es contratado cuando se renueva el presupuesto, normalmente gracias a subvenciones de organizaciones internacionales. Alexey también es teniente del ejército ruso y cada año ha de participar en maniobras militares. Su rango le obligaría a liderar, en caso de conflicto, a un pelotón de 27 soldados.

Pese a su perfil de tipo curtido, creo ser capaz de controlar a Alexey. A mi favor cuento con su timidez y que es uno de los pocos rusos canijos de Vladivostok (por canijo entiendo que es más bajo que yo).

Durante nuestra primera reunión para acordar el itinerario de las próximas semanas, Alexey se ha dedicado básicamente a meternos miedo en el cuerpo: en los próximos días, la costa del Mar del Japón será azotada por un tifón; los desprendimientos de tierras cortarán tal y tal carretera; la amenaza de encontrarnos con el tigre del Amur es real. Lo que más le preocupa, y que ha dejado a Andrea en un crónico estado de pánico, es el alto riesgo de que las garrapatas autóctonas nos transmitan el virus de la encefalitis. Tratando de hacerme el hombre, le he explicado a Alexey que cada vez que salgo al campo en mis queridos Pirineos, vuelvo a casa con varias garrapatas, normalmente correteando por mis brazos. Me ha detallado que en Rusia, estos insectos no son tan benevolentes como sus primos europeos porque están extendiendo la encefalitis por todo el país.

Pero a lo que de verdad teme Alexey es a la ira de su novia. El chico andaba cabizbajo porque se ha peleado con su pareja. Según me contó, el viernes por la tarde apareció en su casa su mejor amigo, Sasha, cuando estaban los dos tortolitos gozando de las primeras horas del fin de semana. Sasha le propuso ir a una sauna donde al parecer conocía a un par de chicas. Su novia se enojó. No responde a sus llamadas de teléfono y se ha limitado a pedirle que utilice su viaje con nosotros para reflexionar. Le he sugerido que yo podía mediar por él, pero ha rechazado mi oferta arguyendo que “seguramente ella no entendería” mi sentido del humor.
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El segundo y último día en Vladivostok ha servido para otros menesteres, a saber:
*Visitar el par de cutre-museos dedicados a Arseniev (uno de ellos, la casa en la que residió los dos últimos años de su vida (1928-1930).
*Descubrir que para los ciudadanos locales es muy importante mantener un alto sentido de la dignidad (por lo menos presencial) aunque vivan en una situación de notable miseria.
*Comprar una mochila del ejército por 17 euros en una tienda de armas y de pesca en la que lo menos letal que se vendía era un M-16.
*Confirmar que en esta ciudad es misión imposible encontrar a alguien que utilice gafas.
*Reconocer por unanimidad que en Vladivostok viven las mujeres con los pechos más grandes del planeta Tierra. Jóvenes, mayores, gordas o delgadas, bajitas o altas, da igual: en Vladivostok parece que se celebre un congreso mundial de lactancia.
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No quería terminar esta crónica sin haceros partícipes del pedo tipo traca que acaba de regalarnos el turista chino que tengo sentado delante. Vestido con un chándal blanco y botas de excursionismo, el hombre ha levantado ligeramente su trasero y sin remilgos, mirándome a los ojos, ha dejado que sus gases flotaran libres por el hall del hotel Azimut.

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