dissabte, 17 de juliol de 2010

Vladivostok



Todo empezó una madrugada de verano de hace quince años. Por entonces yo tenía 17 años y mi alma estaba volcada en mi devoción por la montaña. Aquella madrugada yo preparaba mi equipaje para bajar del Valle de Aran a Barcelona con el taxi de Javier Castet. Tenía la televisión encendida para que alguien (o mejor dicho, algo) me hiciera compañía mientras me ordenaba la ropa. Recuerdo que estaba triste por volver a la ciudad. De repente, a esos de las 1:30 a.m., en La 2 anunciaron que a continuación retransmitirían una película de Akira Kurosawa, DERSU UZALA. Tuve que dejar de hacer la maleta porque la película me absorbió. Dersu Uzala es hoy en día un referente de los movimientos ecologistas. A mi entender, Dersu Uzala tiene el mismo valor por su representación de lo que debe ser la amistad.

Dersu Uzala me impactó y a la semana siguiente ya me había leído el libro en el que se inspira el film de Kurosawa. El libro es el diario de viaje del topógrafo Vladimir Arseniev en su misión de delimitar las nuevas fronteras Orientales del imperio ruso. Sin Dersu Uzala, un cazador local y guía improvisado, no lo hubiera conseguido.

Quince años más tarde, estoy (estamos) en Siberia, en la región del Usuri, siguiendo los pasos de Vladimir Arseniev y Dersu Uzala.

Hemos empezado por Vladivostok. Nunca fue una etapa trascendente para Arseniev. Él era de Khabarovsk, ciudad frontera con la provincia autónoma judía de la Federación Rusa (Stalin deportó a decenas de miles de judíos a estos confines de la URSS). Desde Khabarovsk empezó su periplo. Nosotros lo terminaremos allí. Vladivstok era la opción más cómoda para empezar gracias a las excelentes combinaciones de transporte que hay con Pekín (a 2 horas escasas en avión, vuelos y trenes diarios).

Es cerca de la medianoche y escribo desde la terraza del Hotel Azimut, uno de los pocos referentes hoteleros de la ciudad. Delante mío tengo las luces de un club de striptease; detrás, una mesa ocupada por una docena de chinos bebiendo cervezas. Vladivostok, como toda la región, vuelve a estar bajo influencia china. No políticamente, pero sí económicamente.

También influencia japonesa. Diríamos que cientos de pequeños y tenaces empresarios chinos van ganando terreno a los gigantes japoneses. De momento, pero, Japón sigue siendo prevalente. Su costa está a menos de una hora en avión. El 99% de los coches y de la maquinaria local es japonesa. La mitad de los coches, adquiridos de segunda mano en los vecinos puertos de Niigata y Hokkaido, tienen el volante a la derecha.

Del Vladivostok fundado por los zares hace 150 años queda poco. De la Naturaleza dominante de principios del siglo XX (con la que tuvo que lidiar Arseniev) queda cada vez menos. La deforestación es de hórdago. Quizá los terribles mosquitos (cuatro veces más grandes que cualquiera que os pueda picar en Europa) son ya su única marca diaria. A partir del lunes, cuando nos adentremos en la taiga, os podré dar otro enfoque.

Vladivostok ha sido una base naval de referencia para Rusia. Digo que ha sido porque actualmente el Estado está recortando drásticamente el presupuesto militar local, según nos explica Daria, una chica de 23 años. Su padre es ingeniero de telecomunicaciones en una fragata. Daria me ha abordado en plan corsario en los únicos tres minutos que he estado separado de Andrea, mi compañera de aventuras:

"¿Quieres dar de comer a las gaviotas conmigo? Ten, te doy pan. Mira qué bonito".

Andrea, desde la distancia, fotografiaba la escena mientras se reía por la diferencia de estatura entre ambos (1,78m. los míos; 1,90m. los suyos).

Daria es de profesión diseñadora gráfica y como actividad de ocio favorita tiene, asegura, visitar el puerto cuando llegan barcos militares extranjeros y entablar conversación con los marineros. Sus últimos contactos con el mundo exterior fueron un grupo de oficiales indios y un chico de los Estados Unidos.

Es posible que mientras nos distraíamos con Daria en el muelle, a última hora de la tarde, su padre estuviera en el club naval con los amigos y sus parientas. El sábado por la tarde, la sala de teatro del club se convierte en discoteca para oficiales retirados. Sesentones moviendo el esqueleto al son de pop ruso, bajo la enérgica mirada de una estatua de Lenin y un sinfin de óleos de estilo socialista que reproducen maniobras militares de barcos de guerra.

(Frente al club de la marina encontraréis el supermercado más antiguo de la ciudad, de 1890, el único que permaneció abierto durante los años más severos del estalinismo)

La ciudad está actualmente coronada por las obras de una autovía elevada que ha de conectar los dos lados de la bahía de Vladivostok. Según nos contó Daria, el proyecto ha traído cola porque la mitad del puente lo construye el ayuntamiento y la otra, un promotor de Khabarovsk. La idea inicial era encontrase en un punto medio pero recientemente descubrieron que, por mala coordinación, cada equipo se estaba desviando del punto central en unos cinco metros. ¿Cómo solucionarán la chapuza? Puede ser una obra de ingeniería nunca vista.

Vladivostok en su conjunto está sitiada por obras públicas. En 2011 se celebra una cumbre de jefes de Estado de la APEC; para Rusia, dar buena imagen es una cuestión de orgullo y de promoción de la región. Los 50km. que separan el aeropuerto de la ciudad son una interminable maratón de equipos de construcción mejorando la autopista y los barrios dormitorio colindantes. A cada 100 metros hay vendedores ambulantes ofreciendo a los viajeros desde fruta, herramientas y a hasta lombrices para pescar.

La puesta en escena en Vladivostok, entre bosques y campos de un verde muy fresco, es, cuanto menos, atractiva y recuerda a mi patria adoptiva, China: albañiles vestidos con lo primero que encuentran, muchos con el uniforme del servicio militar, mientras los miembros de las minorías étnicas de la Federación Rusa asumen los trabajos más humildes...