divendres, 23 de juliol de 2010

Makhaon



Cada uno puede hilar su historia a partir de instantes de satisfacción intensa que ha vivido, o felicidad, en algunos casos.
Ironías del destino, este espíritu optimista me sobreviene estando en la habitación que nos han dado casi por misericordia a última hora de la tarde en un motel de mala muerte de Kavalerovo, un antiguo centro minero. En veinte años, desde que se cerraron sus cinco minas, Kavalerovo ha perdido más de la mitad de la población.

A la silla en la que me siento le sale un clavo justo a la altura de mi cervical; el papel de las paredes se despega por la humedad, los mosquitos se están dando un festín con mi sangre, las botas de Alexey y un servidor compiten a ver cuáles apestan más y el cliente de la habitación de al lado parece que ha sitiado el baño. Pese a ello, nos sentimos unos privilegiados porque este viaje nos es más provechoso que leerse toda la biblioteca de Alejandría. El cerebro y la imaginación son la mejor herramienta para reproducir mundos complejos. Pero a veces, y a mi pesar, es necesario observar y vivir con nuestros sentidos. Podemos leer cientos de libros de Historia sobre la Unión Soviética, pero no hay mejor lección de lo que supuso que visitar pueblos perdidos del Este ruso sin iglesia, habitados por campesinos que, como ha sido en el caso de la aldea de Harhipovka, se declaran sin complejos ateos o anarquistas. También sabemos por los libros que Arseniev detalló la geografía de este rincón del mundo con esfuerzos sobrehumanos, pero es al entrar físicamente en la taiga que asumes el casi milagro que consiguió este hombre abriéndose camino a lo largo de 600 kilómetros de bosques igual o más frondosos que el Amazonas.
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Hay que ser agradecido cuando la fortuna te sonríe y visitas la provincia de Primoskiy en vida de la mariposa Makhaon. Su belleza es insuperable. Es una mariposa que sólo encontraréis en el Ussuri. Del tamaño de un gorrión, sus colores son el verde turquesa al azul, marrón y negro. Tiene dos colas con forma de lágrima hechas para seducir. Paradojas de su existencia (y de la nuestra), su belleza es tan exuberante como corta: sólo vive dos meses, julio y agosto. Dos meses de explosión estética porque la encuentras por todas partes. Parece ser que hay biólogos en Vladivostok que venden ejemplares a coleccionistas de todo el mundo por 100 dólares el espécimen.


Ha habido otros momentos de satisfacción intensa, rozando la felicidad. Uno de ellos lo experimenté en el pabellón de caza en el que pasamos la noche del martes al miércoles. El pabellón se encuentra en las afueras de Breevka, un pueblo de 200 personas en el corazón de la taiga del Ussuri. Tras una jornada agotadora, mi capricho era esperar a la oscuridad total para dejar volar mi mente en una noche clara y estrellada. A las once, cuando todavía no era ‘negra nit’ (el sol se pone a las diez), los mosquitos ya me habían desquiciado suficiente (recibí 18 picadas en 120 minutos, 8 de ellas a través de mi ropa) y me fui a dormir. De madrugada, atormentado por perder la oportunidad de observar el universo desde el Ussuri, salí al exterior en plan torero, sólo con un jersey, gallumbos y calcetines. Como por arte de magia, los mosquitos se habían convertido en millones de estrellas. ¡Por fin tenía lo que tanto ansiaba! Una hora mirando al cielo fue suficiente, fumando y con la compañía de búhos, ranas y el gato negro y sarnoso del refugio, que le encantaba restregarse en mis piernas.


Ha habido momentos de satisfacción más tangibles, como la maratón de bebidas tradicionales rusas que estamos descubriendo. Del moers ya os pasé una fotografía, es el refresco más sencillo. Más sorprendentes y exquisitos son el zumo de pera, el Kuas (cebada fermentada con frutas, sin alcohol) y mi favorita, la Kompot, a base de ciruela, albaricoque, azúcar y una especie amarga que compensa su dulzura. Espectacular.

El kompot nos lo bebíamos ‘a litros’ en la cafetería de nuestro hotel, el Taizgnai (“bosque”, en ruso), el único en la ciudad de Arseniev. En el museo de historia municipal descubrimos que la película de Akira Kurosawa sobre las expediciones de Arseniev y Dersu Uzala fue filmada en la zona, y que todo el equipo de Kurosawa se hospedó en el Taizgnai. De hecho, el rodaje de la película aceleró la inauguración del hotel. Posiblemente el estreno en la URSS de la película se celebró en el cine Kosmos de Arseniev.


En Kavalerovo, donde ayer hicimos el fin de etapa, nos ha sonreído la fortuna y hemos descubierto que es el lugar exacto en el que en 1906 se conocieron Arseniev y Dersu. De hecho, el pueblo se fundió en 1910, cuatro años después de que Arseniev recomendará al gobierno que el lugar era óptimo para expandir la colonización del Far East ruso. El primer encuentro entre nuestros dos héroes se produjo en un punto no determinado de lo que es hoy Kavalerovo, a orillas del río local, conocido entonces por su nombre chino, Tadushe, y ahora rebautizado como el río del Milagro, según nos aseguran en el museo municipal. Esta historia no coincide exactamente con el relato del diario de las dos expediciones que Arseniev y Dersu lideraron, pero parece ser que el encuentro en Khavalerovo está comprobado en otros libros escritos por Arseniev.
La principal avenida de Kavalerovo lleva el nombre de Arseniev, así como el Palacio de Cultura. A las afueras, como si se tratara una fortaleza que protege al río, se levanta una mole granítica bautizada como Montaña Dersu Uzala.
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Todo viaje también tiene su lección triste. En este, sin duda, ha sido confirmar de primera mano el brutal efecto que está causando el ser humano en la taiga. Por los caminos que siguen el río Ussuri se suceden sin descanso camiones y trenes cargados de madera, con destino a las fábricas que en China producen nuestros muebles, papel de váter o de impresora. Visitar el Ussuri es una ocasión única para concienciarse del gravísimo e inmediato peligro que nos amenaza.

En el río Ussuri convive la Naturaleza, en su versión más poderosa, junto a comunidades humanas que se bañan en él y beben de él; pero también padece con los convoyes del sector maderero que anuncian a su paso el fin de la Tierra.

Hoy abandonamos los valles del Ussuri y nos dirigimos a las bahía de Olga, en el Mar del Japón. Aquí es donde Arseniev lloró tras haber conseguido superar 600 kilómetros de sufrimiento. Le he rendido un pequeño homenaje dándome un baño. Sensación de bautismo, purificadora. El agua en Olga es dulce porque en la bahía desembocan varios ríos. Tan solo el 20% es agua de mar, le da cierto a sabor al suero que utilizamos para suavizar el resfriado.

De Olga hemos saltado a Dalnergosk, ciudad conocida por sus minas de material radioactivo y sobre todo por el incidente UFO 611. Mañana daremos cuenta de este asunto y subiremos a la colina donde se estrelló en los años 80 una “nave especial de origen desconocido”, según informaron los técnicos rusos tras el derrumbamiento de la URSS.

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